22.7.05

Más sobre La Pasión

Sacando que:
- el diablo se parece a Marlyn Manson;
- el hijo del diablo se parece al enano de Canal 9;
- Pedro se parece a Alejandro Rozitchner,
no está tan mal la película.
¡Por suerte hay Monica Bellucci (aunque no muestre “questo culone”)!
Hablando en serio, hasta cierto punto.
No está nada mal la escena en que las mujeres limpian la sangre alrededor del lugar de la tortura, porque no pueden limpiar el cuerpo. (Aunque el hecho de que los paños se los haya dado la angustiada esposa de Pilatos es un lugar común sobre la “solidaridad femenina”.) Si Mel “la cola que filma” Gibson hubiera seguido esta línea metonímica, cuánto mejor le hubiera ido. Pero no era fácil.
Hablando de metonimia, está la cuestión del realismo.
Se sabe: el realismo es a la vez necesario e imposible. Sus defensores (yo, entre ellos, como no dejan de reprocharme) y sus detractores a ultranza no siempre se hacen cargo de esta contradicción inmensamente rica.
El chascarrillo de Gus Nielsen en mi post anterior sobre la película (“Le dan y le dan masita, / pero no se le cae la toallita”) alude a esta imposibilidad; Gibson cree que, prodigando trazo grueso y “rasgos circunstanciales” (sangre, lenguas muertas), se vuelve más realista; pero no puede mostrar los sagrados genitales, y todo se le va a la merda.
Salvando las distancias, me recuerda el problema de La Caída: quizás hay cosas que no se pueden mostrar (o ver). Vas todo a perdedor (estética, ideológicamente, quiero decir; porque guita se puede ganar, claro, qué tiene de malo).