30.7.05

Cuentos del Rin/4

Wiesbaden

Una noche, mi anfitrión me lleva, impensadamente, a Wiesbaden. En su casino -me dicen- Dostoievsky perdió todo lo que tenía, y su mujer tuvo que pedir limosna en las calles de la ciudad. (Esto me hizo transitarlas con cierta unción.) La noche estaba bellísima y pude ver bastante, por ejemplo una calle con muchísimos bares y, cerca, una fuente de agua termal, que hay que pasarse por las manos, porque es curativa. A mí no me hizo especialmente bien, que yo sepa. Toda la ciudad está llena de fuentes y sale vapor de las alcantarillas, porque -me dicen- aguas termales recorren los subsuelos; le daba a la noche un aspecto algo fantasmal.
En realidad, fuimos allí con un propósito específico y algo extraño: saludar, para demostrarles solidaridad, a unos amigos de mi anfitrión, afganos, que tienen un bar allí. Unos días atrás, Bush había lanzado la guerra contra su pobre país, una guerra que ahora nadie recuerda.
Un cura y un editor argentino, algo despistado, en un bar de trampa, si no vi mal. Una rubia que alguna vez habría sido espectacular estaba sentada en la barra y charlaba con un par de muchachos. Había sólo dos o tres mesas, con parejas equívocas (una, con un perro de aguas).
Los dueños del bar eran exiliados de algún régimen anterior, no sé cuál; aún no tenían noticias de sus familiares, las comunicaciones se habían cortado. Uno de ellos habla un alemán perfecto -me dicen-, “sin acento”.